miércoles, septiembre 10, 2008

A propósito de la película "Che, el Argentino"

La primera vez que oí y retuve en mi memoria el nombre de “Che” Guevara, el revolucionario ya había muerto (una década atrás, camino de dos), mientras que el mito no paraba de crecer. Creo que yo tenía entre seis y siete años, incluso podría decir que menos. “Che” Guevara ¿Quién era ese hombre misterioso cuyo apelativo tan sonoro yo era incapaz de transcribir (“Cheguevara”)? Fue, sin duda, su nombre lo que me cautivó en primer término.
Para entonces la figura del “Che” se había instalado en mi casa de forma permanente al menos como personaje histórico, a raíz, sobre todo, de una serie de artículos que mi abuelo escribiera en su día con motivo del asesinato del guerrillero. Mi abuelo ya entonces era corresponsal para América Latina del diario Pueblo, periódico en el que concurría lo que ha sido el cogollito de periodistas más o menos ilustre y laureado de los años ochenta y noventa. (En una de las últimas veces que mi abuelo me llevó a la redacción, por Navidad, época en la que él regresaba desde la otra orilla, fue cuando yo decidí que de mayor iba a ser periodista. Y luego resultó que no... En ese edificio de la calle Huertas había pasillos largos, ruido de teléfonos, un ascensor con puertas de reja y señores que me daban caramelos. Claro, confundí la realidad del periodismo...). Como digo, trasladado hasta Bolivia desde algún otro lugar del continente con la urgencia impuesta por la sed de noticias en primicia, varios artículos suyos ocuparon, día tras día, la portada del periódico bajo el título “Muerte y sepulcro del Che”. Esto fue en 1967, y yo aún no habia nacido. Aquellos artículos durmieron después durante varios años en una carpeta azul, junto con muchos otros, en el baúl de las-cosas-importantes-que-no-se-tiran-y-que-ya-tampoco-se-leen. Porque, siendo sincero, en mi casa lo importante no era el “Che”, sino mi abuelo y los méritos obtenidos por su labor periodística. De modo que, en gran medida, si se hablaba del “Che” era como de un actor secundario en la vida de mi abuelo. Desde entonces, aquel nombre, "Che" Guevara, y aquel final trágico sonaban como objeto periodístico de cuando en cuando en mi casa, en la de mis abuelos (cuando el abuelo ausente regresaba con aire de indiano, hasta que muriera en 1982), y en otros escenarios domésticos. Conversaciones de mayores que yo hacía como que no pero que sí escuchaba (“con este niño se puede hablar de todo, que no interrumpe ni luego dice nada por ahí”). En mi casa sonaba el nombre del "Che" siempre seguido del apellido Guevara. Siempre. Sonaba porque mi abuelo había escrito algo acerca de su muerte y eso era en sí mismo importante para mi familia. De modo que a veces se escuchaba: "Che" Guevara, y eso hacía que el nombre resultara tan familiar como el del tío Salvador o la abuela Anselma, a quienes tampoco había conocido. La familia se componía de algunos presentes y otros tantos ausentes, algo de lo que García Márquez no se hubiera extrañado.
En pocos años, lo que para mí aún era el misterio del “Che” y la Revolución había germinado en una curiosidad moderada. Antes de que aquellos artículos de mi abuelo cayeran en mis manos (tiempo después, como fruto de la casualidad, el aburrimiento y la curiosidad de un mes de agosto), de las respuestas imprecisas que recibí a mis preguntas de quién era el “Che” sólo me quede con “un guerrillero, hijo, un guerrillero”. Con esos ingredientes había nacido para mí un misterio rodeado de confusión. ¿Un guerrillero? ¿Qué era un guerrillero? ¿Era bueno o malo ser guerrillero? ¿Qué tenía que ver mi abuelo con un guerrillero? ¿Podía jugar a que yo era un guerrillero, o eso estaba mal?
La primera imagen que recuerdo haber visto del “Che”, sabiendo ya que se trataba del “Che” (la famosa fotografía de Alberto Korda no la asociaba aún con el personaje), fue la foto de su cadáver, un mes de agosto aburrido, a la hora de la siesta. Unos doce años tendría yo. Desde el campo entraba en el cuartillo de los trastos viejos el canto de las chicharras, el calor, la humedad. Había que retirar discos antiguos y tollas viejas para poder abrir el baúl. “Muerte y sepulcro del Che”, en letras rojas y grandes, y la foto de un hombre muerto, demacrado, que no me inspiraba miedo.
La lectura de aquellos artículos, casi incomprensibles aún, no fueron suficientes para satisfacer una curiosidad ya de cierto recorrido. Lo que leí acerca de él más tarde tampoco fue suficiente. Mal encauzado, llegué a conocer más detalles acerca de quién era el “Che” y lo que para el mundo representaba, como revolucionario, como loco incluso para algunos; pero mis sentimientos hacia él aún eran confusos, fruto todo de una mezcla de verdades y mentiras que se habían creado alrededor del mito, fruto también de una mezcla de verdades y mentiras que se habían creado alrededor del marxismo, del bloque soviético, del comunismo, de la Revolución Cubana. De hecho, no fue hasta que en un punto confluyeron esta curiosidad prematura, y un tanto pueril, con un conocimiento más profundo de lo “político” (para lo que fueron necesarios cinco años en la facultad de Ciencias Políticas y muchas lecturas, estudios y reflexiones posteriores), y un posicionamiento ideológico levantado no sólo desde el sentimiento, sino desde lo racional, que conocí más de cerca la biografía del “Che” y mi admiración por él llegó a lo que es hoy. De modo que, después de muchos años, los dos extremos se unieron y el círculo amoroso se cerró. Aquella curiosidad enigmática, nacida de una idea a medio camino entre el misterio y la casi familiaridad con el hombre (había estado allí desde el principio), se completó con el respeto y la admiración por el revolucionario.
Quizá por eso (por la ilusión de familiaridad, por la admiración y el respeto), muy por encima de las críticas que se pueden leer estos días a favor o en contra de la película “Che, el Argentino”, de las opiniones dirigidas acerca de su simbología de ayer y de hoy, a mí me ha emocionado hasta lo indescriptible ver en una pantalla de cine una película que es, por lo pronto, bastante fiel a “Pasajes de la guerra revolucionaria”, libro que escribiera el propio Ernesto Guevara a propósito del tiempo pasado en la Sierra Maestra. La interpretación de Benicio del Toro, por otro lado, resulta muy creíble, no ya por el parecido físico entre ambos, sino por haber interiorizado al “Che”. Hay detalles que se echan de menos, algo comprensible en el ejercicio de síntesis necesario para abarcar todo el período que va desde el primer encuentro entre el “Che” y Fidel, en México, hasta la batalla de Santa Clara.
Podemos debatir sobre lo que no se ha dicho en la película, e incluso lo que para algunos se ha dicho de más. Podemos debatir sobre tantas cosas...
En cualquier caso, yo no hubiera pretendido hacer la película de otra forma.

11 comentarios:

Bárbara dijo...

Qué bonito lo del Che como un personaje secundario de una peli en la que el prota era tu abuelo. No he visto la película pero el otro día, el tontaina de Pedro Piqueras (ese también confundió lo que era el periodismo) entrevistó a Benicio del Toro y me quedé complemente hipnotizada por ese hombre, por su sonrisa perezosa, sus ojitos rasgados, etc.
me da que sí, que el parecido con el che le viene de dentro.

Reyes dijo...

No pensaba ver la película porque con ciertos personajes temo la decepción profunda.
Tengo tendencia a la mitomanía, más fácil con un personaje como el Che, que ha trascendido de todas las formas y cuya imagen se pincha, usa y utiliza millones de veces más que cualquier otro personaje vivo.
Pero después de leerte, la veré.
Y a ver qué pasa.
Saludos.

David Condés dijo...

Bárbara: a mí me hubiera bastado con que ni el guión, ni la interpretación de Benicio del Toro fueran ofensivas para la figura del Che y la Revolución Cubana, y a cambio me llevé una grata sorpresa.

Reyes: tal y como está de sosa la cartelera, yo creo que no pierdes nada si vas a ver esta película. Ya me contarás

Raúl dijo...

La historia de mi acercamiento primigenio a la figura del Che, no tiene el "empaque" que la figura de tu abuelo le dio a la tuya -sonrío- pero coincide con ella en haber tenido por medio como introductor accidental a un familiar, y coincide también, en la existencia de la literatura como vehículo de acercamiento.

Con más o menos 17 años, uno de mis refugios púberes preferidos, era la habitación, en casa de mi abuela, de un tío mío que nunca paraba por el hogar familiar, al trabajar denodadamente para una empresa satélite de telefónica de lo más viajera. Aquella habitación era unb mundo en sí misma; baules, estanterias preñadas de libros, profundos armarios empotrados,...
Allí, además de descubrir el inquietante mundo de la literatura porno (algún que otro Lib me vi "obligado" a hojear) leí varias obras que, bien pensado, constituyen sin duda alguna mis primeras lecturas, llamémoslas, serias (verbigracia, El señor de los Anillos... con lo jovencito que yo era). Uno de esos primeros libros, como digo, fue uno que narraba los acontencimientos de los últimos días del Che. Hoy, ahora, no recuerdo el nombre ni el autor del libro, pero gracias a él me enteré de cómo pudieron ser sus últimos días de vida, y los supuestos misterios sobre su persona, acaecidos tras su muerte. Desde entonces, como a ti, el Ché representa para mí algo más que el nombre de un personaje histórico.
En fin, David, que me has hecho recordar.

Ah! y la peli todavía no la he visto.

David Condés dijo...

Raúl: la verdad es que tu comentario ha confirmado algo que pensaba al ecribir mi entrada, y es que habrá miles de historias personalísimas y preñadas de encanto sobre el descubrimiento de quién era el "Che" y lo que significa. Tu historia, por lo pronto, anuncia una infancia-juventud cargada de misterios y descubrimientos cotidianos.
Un abrazo.

Kus dijo...

Mi querido amigo. Esta vez tengo que decirte que estás equivocado. Sí eres un periodista, esta entrada es un ejemplo. Quizá no trabajes en un periódico pero tu artículo de opinión no tiene que envidiar al de ninguna firma conocida. Tu blog es periodismo moderno y de calidad.
Tu abuelo tiene un digno sucesor :)

David Condés dijo...

Kus: compañero, te agradezco el elogio.
Un fuerte abrazo

Marsu dijo...

Estaba pensando que quería escribir cuánto me había gustado la lectura de este texto. Y no sabía qué palabra poner, para denominar al texto: entrada, relato, historia... Y mira, Kus me lo ha puesto fácil.

Me ha encantado tu artículo de hoy, David. Ya lo querrían para sí mismos muchos que se llaman periodistas.

EC dijo...

Estupendo David. Me ha gustado mucho lerlo. Se nota en tu escritura las horas junto a Proust. Y la historia de tu abuelo es entrañable. Me habría gustado saber algo más de lo que decía en sus artículos.

Y ahora, si me lo permites, aunque no tiene que ver, me tomo la libertad de repetir aquí la frase de Chaves que me ha alegrado la tarde: "¡YANQUIS DE MIERDA, VAYANSE AL CARAJO CIEN VECES!"

Y ya puestos, la de Gipson, que también: "los que ganaron tuvieron 40 años para sacar a sus muertos y lo hicieron, pero no dejaron a los otros ni acercarse a las fosas, ¡es injusto!, ¡es inhumano|, ¡es atroz!"

Iré a ver la película del Che

gracias camarada.

David Condés dijo...

Marsu:muchas gracias, amiga. Me alegra mucho que te haya gustado. Es muy tentador hablar de uno mismo, pero existe el riesgo de volverse aburrido y egocéntrico.

EC:a lo mejor es por que tengo una cierta tendencia a pasar las conductas propias y ajenas por el tamiz del psicoanálisis, pero en casi todo el mundo, empezando por mí, encuentro algo así como una necesidad de “autobiografiarse”, buscar al menos en aquellos pasajes de la vida que conectan de forma sensible el pasado con cualquier realidad presente. No sé qué te parecerá a ti. Yo creo que esto es lo que, en esencia, hace Proust. Es verdad (ya lo he dicho en la última entrada sobre Proust), que este escritor tiene la habilidad de hacer que afloren en mí muchos recuerdos de una forma muy plástica, y muy relacionada con el presente. Tengo la sensación de que cuando uno utiliza esta estrategia, con un poco de cuidado y oficio que le ponga al texto, consigue generar una atracción especial hacia éste. Me estoy acordando de el primer relato de la última colección de Zapata. Se me ha olvidado el título, pero creo que empieza con una frase bastante parecida a esto: "Mi cuarto daba a un patio interior arbolado de sábanas blancas, castísimas...". COn tan sólo leer este principio uno se tira de cabeza al interior de ese cuarto y de ese hombre que narra. Otra vez me voy por "peteneras", perdón.
En cuanto a Chávez, habrá que apodarlo "Furibundo Chávez", igual que el Che se apodaba a sí mismo "Fuser" (Furibundo Serna) en sus años de juventud, cuando, a pesar de sus asma, se empeñaba en jugar al rugby como si le fuera la vida en ello :)

Este hombre, Chávez, es capaz de hacer él solito la revolución...

Un abrazo, camarada.

momo dijo...

He puesto esta entrada en mi blog , espero no te moleste.
DE todo lo que me he ido encontrando , tu artículo queria que estuviera.
Un saludo

Frase de hoy

"Las palabras que prefiere el hombre corriente son las que permiten hablar sin tener que pensar". Dashiell Hammett.